WikiLeaks ataca de nuevo (29 04 11)

Posted on 29 abril, 2011 | 2 comentarios

WikiLeaks ataca de nuevo

por Nelson Gustavo Specchia

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La organización no gubernamental WikiLeaks lo ha hecho de nuevo: ha vuelto a acaparar la atención internacional con la divulgación de 759 informes militares secretos, intercambiados por altos mandos castrenses y personal de los servicios de inteligencia, con responsables políticos del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica sobre el campo de concentración de Guantánamo, que dejan al descubierto las múltiples violaciones a los derechos humanos, a la Constitución y leyes estadounidenses, y a los tratados internacionales suscriptos por el Estado.

Mucho de lo que se lee en estos documentos ya se suponía, claro está, y era denunciado y criticado abiertamente desde diferentes foros y latitudes. Pero la contundencia de la prueba documental que los informes aportan, constituye un duro golpe para toda la estrategia exterior impulsada por la Casa Blanca y por el presidente Barack Obama. Porque no solamente devela el grado de ilegalidad, vejación y maltrato a que fueron sometidos hombres –inclusive adolescentes y niños- en el penal de la base militar que el ejército norteamericano ocupa en la isla de Cuba. Los informes también muestran que la justificación discursiva que ha utilizado Washington para mantener funcionando ese centro clandestino de detención no tiene un fundamento cierto ni siquiera en la opinión de los propios interrogadores militares: apenas un puñado de prisioneros son evaluados como “potencialmente peligrosos” para la seguridad nacional norteamericana. Guantánamo no sólo es una flagrante vergüenza para el sistema político estadounidense, es, además,  una vergüenza injustificada.

PRIMER ROUND

Hace algunos meses, cuando WikiLeaks dio el primer gran golpe, las reacciones fueron cautas. Algo olía a podrido en Dinamarca. Algunos lo consideraban la mayor filtración de la historia diplomática, pero otros apenas veían un mediocre intercambio de cables entre los representantes consulares y el Departamento de Estado: poco más que una lista de miserias humanas y datos ya aparecidos en la prensa. Pero luego comenzaron a sentirse las reacciones a nivel de decisiones de gobierno. Ya no se trataba tanto de enterarse que los embajadores norteamericanos desconfiaban de sus pares chinos, querían aislar a Chávez, no les simpatizaban los raptos de autonomía de Kirchner, se sentían ninguneados por la altanería de Sarkozy o intimidados por el autoritarismo machista de Putin. Tampoco se trataba ya de las intimidades de las orgías sexuales de Berlusconi con prostitutas menores de edad, o las especulaciones sobre el cáncer de Lugo, el tumor en la nariz de Evo Morales, los cambios de humor de Cristina Fernández, o la mala predisposición de Rodríguez Zapatero a recibir consejos de nadie.

De esas supuestas revelaciones sobre los caracteres y vida privada de los líderes, pasó a considerarse con mayor atención los cables que hacían referencia a modalidades, estrategias y actitudes del personal de las delegaciones diplomáticas de la primera potencia del mundo. Las órdenes de espiar a las Naciones Unidas, la obsesión por detener a Irán cueste lo que cueste, las dificultades de comprensión de la agenda islamista en los países aliados –como Turquía y Arabia Saudita-, las tácticas en torno a regímenes díscolos –como Libia-, el lugar real de importancia otorgado a socios estratégicos –como la Unión Europea- o la relevancia de América Latina para el Departamento de Estado, ya no fueron noticias propias de prensa amarilla o semanarios con chismorreos de la farándula, sino aportaciones de datos claves para reubicar las relaciones bilaterales con Washington. Datos que, como digo, empezaron a fundamentar decisiones de gobierno. Por caso, el presidente ecuatoriano Rafael Correa acaba de expulsar, a principios de este mes, a la embajadora norteamericana Heather Hodges, a la que declaró “persona non grata” en Quito a raíz de un documento filtrado por WikiLeaks, donde la diplomática exponía su parecer sobre la corrupción policial en Ecuador.

Este cambio en la comprensión del fenómeno de transparentar más de 250.000 documentos secretos del primer poder mundial, comenzaron a darle a la labor de la ONG y a su líder, Julian Assange, una relevancia simbólica que, con la aportación de esta semana sobre el campo de concentración de Guantánamo, puede efectivamente convertirse en un punto de inflexión en la manera de gestionar –y legitimar- la política internacional. Así parece entenderlo también la sociedad civil: la Cátedra Unesco acaba de entregar, en Málaga, el premio internacional a la libertad de prensa a los cinco diarios que han actuado de canales de divulgación de los papeles de WikiLeaks: El País, de Madrid; el británico The Guardian; The New York Times (que suma este reconocimiento a los 104 premios Pulitzer que acumula); el francés Le Monde y el alemán Der Spiegel.

 HORROR EN EL CARIBE

En este marco, los cables y comunicaciones sobre Guantánamo adquieren un status documental mayor aún, y además de arrojar luz sobre los métodos empleados en la cárcel y las intenciones políticas perseguidas con ellos, pueden afectar la política exterior de la Administración Obama, especialmente lo concerniente a la presencia norteamericana en Irak y Afganistán, así como lo relacionado con la revuelta árabe que cruza el Magreb norafricano y el Oriente Medio.

Los 759 informes secretos difundidos por los cinco diarios abarcan todo el período de funcionamiento del conflictivo centro penitenciario, creado en 2002 por el ex presidente George W. Bush y ubicado en la zona militar norteamericana en Cuba, para sortear deliberadamente cualquier legalidad (la sola presencia de la base militar en territorio cubano viola leyes internacionales) y todo el sistema de garantías individuales y equilibrios procesales previstos en la estructura judicial estadounidense. Guantánamo fue, desde su inicio, un auténtico limbo jurídico. Y en ese “no-lugar” administrado discrecionalmente por personal militar, la “guerra contra el terrorismo” declarada por Bush tras el 11 de septiembre de 2001 justificó el secuestro de personas en diferentes países; su traslado en vuelos clandestinos –contraviniendo también tratados internacionales con los Estados por los que se pasaba, o en los cuales se aterrizaba con los secuestrados para repostar los aviones-; la aplicación de tormentos psicológicos y físicos a los prisioneros para obtener información en interrogatorios comandados por espías y personal de los servicios secretos; la internación de personas con enfermedades mentales; e inclusive el alojamiento de niños y adolescentes menores de edad. En definitiva, un completo sistema de sospechas, secuestros, traslados ilegales, conjeturas, arbitrariedades, denuncias, torturas y vejaciones que constituyen un baldón sobre el sistema político norteamericano en su conjunto, y cuyas consecuencias a nivel de relacionamiento multilateral y liderazgo mundial aún son inciertas.

Obama encendió las esperanzas de muchos, no solamente de sus connacionales, en los discursos de campaña. Uno de esos discursos, que repetía cada semana durante enero de 2009 en aquella apasionante carrera hacia el poder, repicaba como una campana: “no quiero que haya ninguna ambigüedad en este tema: Cerraré Guantánamo.” Pero ese campo de concentración, por el que pasaron más de 700 presos detenidos arbitrariamente y fuera de toda ley, sigue abierto. Y sigue alojando desde hace casi una década a unos 170 hombres que, a criterio de los propios mandos militares, ni siquiera son considerados peligrosos. Y aquellos a quienes se los sospecha responsables –como al supuesto cerebro del 11-S, Khalid Sheik Mohamed- no serán juzgados por tribunales regulares con las garantías del justo proceso, sino por “comisiones militares”, consejos de guerra celebrados entre las alambradas de Guantánamo.

También el liderazgo moral que quiso encarnar Barack Obama entra en una ruta incierta.

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nelson.specchia@gmail.com

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