¿Prenderá en Damasco la mecha siria? (31 03 11)

Posted on 31 marzo, 2011 | Deja un comentario

¿Prenderá en Damasco la mecha siria?

Por Nelson Gustavo Specchia

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El martes de esta semana el gobierno sirio ha renunciado en pleno ante el presidente Bachar el Assad; y en un inusual gesto institucional, el jefe de Estado comunicaba que se presentaría ante el  Parlamento de Damasco para proponer una serie de medidas aperturistas y levantar el “estado de excepción”, la norma (supuestamente extraordinaria y temporalmente acotada) que rige la vida política siria desde que el primer Assad –Hafez- instalara la dictadura.

Las medidas eran la respuesta del régimen a la llegada de los fuegos de la revuelta árabe a uno de los países más críticos para la estabilidad de Oriente Medio: Una movilización popular que pedía se levante la obligación de obtener permiso de los servicios de inteligencia para comprar una vivienda en el sur del país, lindante con Israel, fue creciendo en intensidad y reclamos, hasta que el régimen reaccionó con el libreto tradicional, y la represión de la Guardia Republicana –que comanda el hermano menor del presidente, Mahir el Assad- se cobró una centena de muertes en la ciudad de Deraa.

Sin embargo, las expectativas creadas se licuaron cuando el débil circo que habían levantado quedó al descubierto. El nuevo gobierno nombrado por Bachar el Assad recae en la misma gente y en el mismo grupo social y religioso que gobierna el país desde la independencia, en 1944. Y el esperado discurso presidencial ante el Parlamento –un órgano colegiado integrado totalmente por el partido en el gobierno, el Baaz- no avanzó en una sola propuesta que haga presagiar cambios de fondo en el polvorín sirio: nada cambiará, y el “estado de excepción” seguirá vigente.

RELIGIÓN Y REPRESIÓN

La cuestión siria, además de que puede tener ramificaciones y repercusiones regionales, si finalmente estalla, mucho más diversas y profundas que las revoluciones que está viviendo el norte de África desde principio de año, se asienta en una debilidad estructural interna muy difícil de resolver, inclusive si hubiera una verdadera vocación aperturista en la clase dirigente que, como queda visto, no la hay. Y esa dificultad estructural está asociada al modelo adoptado desde los orígenes institucionales del país.

Esa lengua de tierra que se baña en las arenas de la punta oriental del Mediterráneo, llamada oficialmente República Árabe Siria, que se interna tierra adentro para tocar los bordes de algunas de las sociedades más problemáticas de toda la región (Líbano, Israel, Jordania, Irak y Turquía) fue, con el conjunto de asociaciones políticas vecinas, parte del Imperio Otomano hasta que se cayó el antiguo orden y se habilitó el desmembramiento en nuevos Estados soberanos. En la transición hasta la independencia, el territorio –que por entonces también comprendía a los cerros del Líbano- fue administrado por Francia como potencia colonial. La mayoría de la población siria, que se adscribe a la rama sunnita del Islam, resistió la colonización europea; por ello, cuando París comienza a dejar los asuntos políticos en manos de los naturales del lugar, escoge a una minoría social y religiosa para delegarle el mando: los alauítas, una facción del chiísmo, muy pequeña dentro de la propia rama chiíta, y con una ínfima representación respecto de la abrumadora mayoría sunnita. Esta elección de la potencia colonial sentó las bases del desequilibrio estructural.

Francia se terminó de retirar apenas unos meses antes de que concluyese la segunda Guerra Mundial, en 1944. Pero el clima bélico imperante y las apremiantes necesidades de la posguerra no eran el ambiente propicio para una recuperación institucional tranquila y ordenada. Una coyuntura que terminó favoreciendo a las posturas nacionalistas semiautoritarias. El Partido del Renacimiento Árabe Socialista, el Baaz, que se estaba extendiendo rápidamente por la región con una nueva filosofía panarabista, se convirtió en la principal referencia política. Hafez el Assad, a la sazón ministro del Ejército, vio la oportunidad y en 1970 dio un golpe de Estado, estableció al Baaz como partido único, ratificó el “estado de excepción”, y colocó a miembros de su familia o líderes de las demás familias alauítas en los puestos claves del país.

Surgía así esta dictadura tan peculiar, dominada por una familia y sus parientes religiosos, que a pesar de no llegar ni al diez por ciento de la población, controlan autocráticamente (y reprimen violentamente, cuando llega el caso), al otro noventa por ciento de esos casi veinte millones de habitantes, en su inmensa mayoría sunnitas.

Tras la muerte del patriarca Hafez, y a pesar de los rótulos republicanos y socialistas del Estado, la sucesión operó dinásticamente dentro de la familia (como lo estaban planificando en otras latitudes el egipcio Hosni Mubarak o el libio Muhammar el Khaddafi, antes de que el incendio de la revuelta árabe les quemara los papeles), y su hijo, el oculista Bachar, ocupó la primera magistratura en el año 2000. (El primogénito de Hafez, Basil, que había sido el elegido para suceder a su padre, había muerto antes en un accidente automovilístico).

CONTENCIÓN IMPLACABLE

Para hacer funcionar la administración política en el contexto de un desequilibrio social y religioso tan marcado, los Assad han sido implacables en la represión. La muestra más contundente de hasta dónde estaban dispuestos a llegar pudo verse en Hama, en 1982. Los islamistas (sunnitas), dirigidos por los Hermanos Musulmanes, cercanos al partido del mismo nombre fundado en Egipto, se alzaron reclamando una mayor participación en la vida política, coherente con la integración demográfica interna. El presidente mandó a su hermano, Rifaad, al mando de la temida Guardia Republicana. La que luego fue recordada como “la matanza de Hama” se saldó con unos 20.000 muertos, y los Hermanos Musulmanes –y nos sunnitas en general- no volvieron a levantar la cabeza.

Esta contención a sangre y fuego ha llevado a que en Siria se profundicen, en los últimos años, las contradicciones. A pesar de su formalidad republicana y democrática (hay elecciones, pero el Baaz las gana con porcentajes que rondan el 99 por ciento), es el país de Medio Oriente con espacios de libertad más restringida; y amén del carácter laico del gobierno y del Estado, la tensión religiosa entre ambas ramas del Islam es insostenible.

Además, a nivel regional las complicaciones son aún mayores: Israel es el principal enemigo declarado (sigue ocupando los altos del Golán, en la frontera sur); la intromisión siria en la política interna libanesa –a través de la financiación y el sostenimiento del partido milicia del Hezbollah- es evidente y comparable al apoyo que los Assad brindan a la facción palestina de Hamás en la franja de Gaza; la relación con Arabia Saudí es de competencia y de frialdad, debido a la opresión a los sunnitas; la vecindad con Turquía y su régimen de islamismo moderado de Recep Tayyip Erdogán, es estratégica; y –principalmente- la amistad con el régimen chiíta iraní de Mahmmoud Ahmadinejad (los Assad apoyaron a Irán en la guerra contra el sunnita iraquí Saddam Hussein, entre 1980 y 1988, lo que selló un pacto de hierro entre ambos regímenes); son elementos que convierten a la mecha siria, si llega a encenderse al calor de los vientos de la revuelta árabe, en la mayor patada al tablero de todo Medio Oriente.

Para hoy los sunnitas han convocado a manifestarse en los llamados “Viernes de la Dignidad”, movilizándose a la salida de las mezquitas, mientras aumentan los nervios en los palacios de Damasco.

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