Guerra sucia, negro petróleo (18 03 11)

Guerra sucia, negro petróleo

Por Nelson Gustavo Specchia

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Durante dos días, en la luminosa París, las principales economías del mundo se reunieron, con la crisis política y humanitaria de Libia en el centro de sus agendas. De todas las opciones posibles, el Grupo de los Ocho eligió la peor de ellas: no hacer nada. No es la primera vez que las grandes potencias tienen en sus manos la ocasión de hacer realidad lo que pregonan, y la dejan pasar. La posibilidad de aunar el discurso de la solidaridad internacional con los pueblos oprimidos, la cooperación en el crecimiento de la libertad y en la profundización de la democracia, aunados a hechos concretos que demuestren que esos principios realmente configuran un embrión de comunidad internacional, en vez de ser una pantalla hueca que sólo sirve para adecentar la dura realidad del poder militar y los intereses económicos. Y también esta vez la dejaron pasar.

Los responsables de las políticas exteriores del Grupo de los Ocho (G-8), los cancilleres de los Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Canadá, Italia y Japón, no lograron consensuar ninguna medida para intervenir en el territorio libio, en apoyo a la insurgencia popular alzada contra la tiranía del coronel Muhammar el Khaddafi. A pesar de ciertas posturas que, en los primeros momentos de la revuelta, hicieron suponer que los rebeldes podrían llegar a tener el apoyo de alguno de los miembros del selecto club de los poderosos del mundo, el contundente contraataque del régimen libio para recuperar posiciones sobre el terreno ocupado, la obvia superioridad militar, el respaldo de millones de todas las monedas de curso legal acumulados por el coronel durante los 41 años que ocupa el poder en Trípoli, y un escenario de aumento de la demanda de recursos energéticos tras el colapso japonés, modificaron rápidamente aquellas primeras señales esperanzadoras.

La administración norteamericana de Barack Obama, que había planteado originalmente el cerco aéreo de una zona de exclusión para la aviación militar de Khaddafi, y que inclusive había llegado a reacomodar parte de su flota de guerra en el Mediterráneo para acercarla a las costas libias, retrocedió hacia una posición de claroscuros para evitar mayores definiciones. Tras los primeros discursos de Hillary Clinton, amenazando a Trípoli con fuertes sanciones o directamente con una intervención, se pasó a condicionar ésta al acuerdo con los socios europeos de la OTAN. Pero cuando el francés Nicolás Sarkozy –en conjunto con el premier británico David Cameron- se sumó a la hipótesis de cerrar el cielo libio a través del bombardeo de sus defensas antiaéreas, Hillary dijo que se requería para llegar a eso la anuencia de los demás Estados árabes.

Los largos e intrincados pasillos diplomáticos seguían cruzándose, pero aún así se logró, en un tiempo breve, que la Liga Árabe, reunida en El Cairo, separara al gobierno de Libia de su seno y diera su consentimiento para bloquear el espacio aéreo; una medida que colaboraría con la oposición rebelde, pero que fundamentalmente protegería a la población civil contra los estragos de los bombardeos de la aviación militar del régimen. Pero tampoco el consentimiento de la mayoría de los países árabes fue suficiente ya para la secretaria de Estado de Obama; la nueva postura era que la decisión surgiera del pleno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero mientas los laberintos diplomáticos se cruzaban y se enderezaban, el coronel no perdía ni un minuto, y ya había enviado mensajeros personales a El Cairo, para intentar quebrar la postura homogéneamente en su contra en el seno de la Liga Árabe; y otros emisarios a Bruselas, a hacer lobby en las diversas oficinas decisorias de la Unión Europea. Con la misma velocidad, había recibido en Trípoli a los embajadores de Rusia y de China. Todo el sistema informativo libio sigue cerrado a cal y canto desde que comenzó la insurrección rebelde, pero la cadena televisiva qatarí Al Jazeera publicó un trascendido que mostraba por dónde iría la estrategia del coronel: en las conversaciones con los embajadores, Khaddafi habría prometido a Rusia y a China sendos contratos de explotación petrolera en condiciones excepcionalmente ventajosas. Ambos países disponen de poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. O, como mínimo, si no utilizan el veto, al menos se abstendrán de apoyar el cierre del cielo libio.

A PASO CAMBIADO

Cada vez más distante y distraída, Hillary Clinton llegó a la reunión del G-8 en París, y antes de ir a las sesiones se reunió con el presidente Nicolás Sarkozy. El francés es el que ha quedado peor parado en el veloz cambio de actitud de las potencias en la crisis Libia. Se jugó a apoyar la insurrección, rompió relaciones con Khaddafi, reconoció al Consejo Nacional opositor como su interlocutor legítimo, y mandó un nuevo embajador a Bengasi para que lo represente ante los insurgentes. Después de la entrevista con Hillary, el duro rostro del inquilino del Elíseo se mostraba preocupado; y al término de la reunión de cancilleres, cuando ya se sabía que nadie haría nada, y las tropas del régimen ya cercaban la capital de los rebeldes, Sarkozy mandó que su fútil y breve embajada vuelva a París, antes de que Bengasi termine de caer en las manos del sátrapa libio nuevamente.

El resto, por supuesto, fueron declaraciones y grandes discursos, como siempre. Todos los cancilleres coincidieron en pedir a Khaddafi que respete las legítimas reivindicaciones y aspiraciones del pueblo libio. Palabras que el coronel, seguramente, habrá recibido con una sonrisa irónica en Trípoli.

IMPUNIDAD ASEGURADA

Porque las declaraciones del G-8 en París dejan claro que los grandes principios sostenidos como valores morales universales por los poderosos de la tierra tienen, al menos al día de hoy, ese límite objetivo: su enunciación discursiva, pero no necesariamente su consecución material.

Y los primeros en tomar nota de esta situación, además del propio Muhammar el Khaddafi, han sido las petrocracias del Golfo Pérsico, comenzando por el jefe de la casa reinante en Arabia Saudita, Abdallah bin Abdelaziz, y por el monarca del Estado insular de Bahrein, Hamad ibn Isa Al Khalifa.

Porque la inacción de las potencias, además de dejar pasar otra oportunidad para hacer realidad lo que pregonan sobre la libertad y la apertura democrática, está fijando el nivel de represión que las autocracias árabes pueden seguir ejerciendo contra sus pueblos, sin correr el riesgo de que los grandes poderes del globo vayan a impedirlo.

Así, el alzamiento popular en Bahrein, que desde mediados de febrero ocupaba las calles y la céntrica Plaza de la Perla del pequeño país, en demanda de una apertura democrática concreta, con elecciones para la constitución de un Ejecutivo y la integración de un Parlamento (instancias a las que hasta hoy nominan de manera feudal los Al Khalifa), fue aplastado por las tropas de Arabia Saudita. Al ver el modo en que las principales potencias trataban a Khaddafi, el sunnita rey Abdallah puso manos a la obra y mandó su gente a reprimir a los chiítas de las islas bahreníes, no vaya a ser que el proceso democratizador avance en el país vecino, y que desde allí luego se trasladase a las costas del gran reino petrolero.

En todo caso, debe ser la obvia lectura de Abdallah y de los Al Khalifa, si a Khaddafi le han permitido machacar sin piedad a los opositores rebeldes, reprimiendo el alzamiento con todo el peso de su aviación y artillería, la impunidad de los países del Golfo, donde las reservas del negro petróleo son sustantivamente más vastas, está garantizada.

Si Khaddafi termina finalmente tomando Bengasi este fin de semana, y desencadenando la persecución y represión sobre los civiles rebeldes que se vaticina, el idealismo diplomático europeo y los bellos discursos internacionales del gobierno demócrata estadounidense, habrán sufrido una profunda herida de credibilidad. Un descenso muy difícil de remontar.

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en Twitter:   @nspecchia

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